jueves, 29 de marzo de 2012

Tu belleza indescifrable

Hubo un martes de primavera, cuando los árboles de rosa morada y las jacarandas florecen, en que te encontré más bella que nunca. No me avoqué en la tarea de descifrar tu sonrisa, ni de analizar profundamente tu mirada, me basté con sentir tu cuerpo junto al mío sin hacernos uno solo, deseaba sentirte y nada más. Quise hacer de tu belleza mi templo sagrado, convertir tu espalda en mi escudo, abrazarte al desnudo y perder el sentido de la realidad entre tus aromas frutales.


Ese martes, bajo la dicha de encontrarte con tu aura radiante alrededor de tu piel tostada caribeña, pensé en tatuarte mis besos en tu cuello, para después tener pretexto de regresar a apreciar el arte que habría dejado en ti. Luego, en un pequeño delirio, caluroso como tu boca, me emocioné pensando que tu silueta curveada podría ser el modelo perfecto para el busto que quiero tener en la sala de mi departamento. Me causó gracia la idea, y te intenté dibujar, no lo niego. Pero no soy escultor, tampoco dibujo, y quedaron trazos de mi intento en una hoja arrugada por mi ansiedad.

Me sales mejor en las palabras.


Be Hotel, Playa del Carmen.


domingo, 12 de febrero de 2012

Rumbos diferentes

Hace apenas unos días conocí a un italiano en una de las playas de Playa del Carmen. Tenía esa fachada de argentino que hace que los confundimos de vez en cuando. Cuando le pregunté de dónde era, fue justamente lo que me dijo —Nos parecemos mucho—, con el tono resignado. No lo creo así, le voy más a mi poco conocimiento que al argumento del italiano.

Veíamos un grupo de personas que hacían ejercicio en la arena, al lado de una larga barda a media playa, impuesta como sin razón para amurallar un terreno, que, probablemente, tiempo después se convertiría en un beach club o un hotelito pequeño, da igual. Lo vi preguntarle a uno de los que se ejercitaban qué era lo que hacían, y en seguida, por supuesto, yo se lo pregunté al italiano. Me dijo que eran miembros de un gimnasio y que un día a la semana, los jueves, salían a hacer algunas rutinas en la playa. apuntó con un gesto de indiferencia, aunque muy seguro de lo que me decía.

Tenía el cabello largo, recogido en una cola hecha bolita. Tenía la piel bronceada, y una perforación en la oreja izquierda, buen detalle. Me dio buena espina la fachada un tanto hippie del italiano. Hablaba un español claro, aunque era fácil adivinar que no era de aquí. Había vivido en Ibiza por diez años, luego se había mudado a alguno de los tantos países que existen en el caribe, y apenas dos meses atrás terminó en Playa del Carmen. No me explicó por qué, ni se me ocurrió preguntarle. Me confesó felizmente, eso sí, que él hacía muchos años atrás había decidido vivir en lugares turísticos, era lo suyo. Yo le creí, la sonrisa lo delataba. Le pregunté a qué se dedicaba y me dijo trabajar en un hotelito pequeño, donde la paga no era tan buena, pero le permitía sobrevivir. Cuando fue mi turno, le comenté que trabajaba en una de esas cadenas de hoteles grandes, donde tiene uno que ir rasurado todos los días, planchado y con el cabello corto y bien peinado —aunque ya no sé si en estos tiempos que uno ya no usa peine, se pueda eso—, inmediatamente me hizo una cara de desaprobación que yo ya veía venir, me sacó una risa y le dije entenderlo, pero ahí la paga era mejor y me convenía. No, él había decidido trabajar en un lugar donde pudiera ser feliz con su manera de ser, de vivir, de traer el cabello largo, de perforarse, de ser un mujeriego.

Sí, atrás de nosotros había dos muchachas de apenas unos 28 años en topless. El italiano le daba la espalda al mar, y yo sólo entendía que pudiera ser por ellas que se estuviera perdiendo de tan maravillosa vista, —una vista por otra—, pensé. Ni hablar. No tardó mucho en terminar apresurado su breve biografía, donde también me contó tener planeado ir pronto a Cuba, en uno de esos planes donde las familias cubanas radicadas en Estados Unidos, te pagan los pasajes para que les lleves la ropa a sus familiares que aún viven en Cuba. Ya estaba en trámite de sus visas correspondientes. Me aconsejó preguntar por esos planes, ya que fue inevitable decirle emocionado que yo también quería ir a conocer la isla.

Estaba hipnotizado por las argentinas de atrás, me aseguraba que serían de allá. Se ganó mi confianza al hacer un comentario: —Tengo que parar esta vida de putón, no puedo más con ella—. Yo fui el que no pudo decirle más que, si así era él, no perdiera el tiempo y fuera a hablar con ellas. Se rió, cómplice de ese trato que ya había aceptado desde antes de voltearse y verlas tiradas en la arena.

Le di play a mi música, estaba  de Phoenix. Seguí viendo al mar, cuando de pronto el italiano se levantó y dijo: —Voy a preguntarles de dónde son—. Luego los vi platicar a los tres. Una de ellas decidió seguir dormida y la otra se enfrascó, creo yo, en una plática con el italiano, de no sé qué cosas.

, pensé. El mio fue voltear a ver el cielo y darme cuenta que era hora de regresar a mi casa, las nubes se comían el sol que le da vida al color turquesa de los mares del caribe. Yo quiero viajar así, y ser igual de libre al trabajar que es el italiano con su facha hippie, me recordé. Andaré por esta vida con el espíritu aventurero y libre. Es mi tarea en este año que ya se nos comió casi dos meses.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Perdido en ti

El tiempo es tan corto, y tú estás a punto de llegar y quedarte a mi lado por siempre. Así quiero pensarlo. Han pasados los días, las horas, los enojos, los encantos, las pequeñas decepciones, las sorpresas, los te amo, nuestros textraño, nuestras ganas que se hacen difusas con la distancia, y no; no aprendo a vivir sin tu presencia.

Ya le hice un espacio a tu silueta en mi cabeza. Tiene esa forma geométrica que te asigné apenas unas tres noches atrás. Y es que de sólo recordar las curvas de esa silueta real, me conmociona el pensamiento y me lleno de ataques incontrolables a los que prefiero sucumbir.

Me perdí. Esto es uno de esos momentos clave, donde recuperas el hilo de todo, o te dejas vencer por esa pesadez que te envuelve y te tira con indiferencia. Como esos pensamientos banales que escribes en una servilleta, le das una h/ojeada y decides omitirla mientras la haces bolita, y la avientas al contenedor más grande de ideas; el bote de basura.

Pensar en ti, así, es un ritual que me he tenido que implementar. Porque si por mí fuera, pensarte sería nada más que un complemento de tenerte al lado, de abrazarte y hacerte parte de mí por horas. Aprender a querernos, a compenetrarnos en todo.

A veces no sé si sólo amarte una vez al mes, pues quiero amarte toda la vida y no que se me agote en tres días.


martes, 8 de noviembre de 2011

Partir

Toca Fans. Estamos los dos tirados en un colchón a nivel de piso. Tú estás arriba de mí. Una luz a mi izquierda, que viene de la cocina, nos ilumina el momento. Me besas, te levantas un poco del frente, dejando caer tu cabello negro sobre mi cara. Tu piel morena se difumina apasionadamente con la oscuridad, mientras sonríes y la luz se esconde, coqueta, entre tus cabellos.

Las palabras no las recuerdo. Algo se tatuó en mi cabeza de esa pequeña escena que me dice que no te voy a olvidar muy fácil. Las preguntas, tus ojos, mis manos. Mi pie sobre tu cuerpo.

Una noche. Otra más, una cálida, otra apresurada. Nosotros en conjunto en ese pequeño lapso de tiempovida, cortito, que nos unió sin preguntarnos si estábamos de acuerdo.

Nuestras bromas, las carcajadas, las lágrimas de felicidad, el comienzo de un amor inconcluso, que deja pendiente tantas cenas, tantos tragos, una cantidad endemoniada de besos, de ilimitado amor.

Cómo no va a dolerme partir, si estoy cambiando un paraíso por otro. Uno me dará aguas turquesas, tú me das océanos de pasión. Uno el olor a playa, el otro tu corazón.

Aunque no quiero me alejo, hace tanto que no soy yo. Pero esa escena de arriba, de los dos abajo, siendo nosotros aunque yo no esté ahí, me revolotea el sentimiento; y textraño, así junto, justo como dices tú, sin que quepa la menor duda.

También te lloro poquito, desde ahorita, para que me veas fuerte cuando me vaya. Y te sorprendas de mí, de mi valentía, de mi valemadrismo y mi irreverencia por lo que dejo y no vuelvo a ver más.

No es cierto. Ya todo lo hice antes,

Pero eso de amarte, eso... Eso me lo llevo encadenado aquí dentro.


jueves, 3 de noviembre de 2011

Vienes conmigo

Yo veía cómo venías, y me negaba a aceptar que al final te quedarías aquí. Y en silencio, con tus labios resecos, te quedabas más dentro cada vez. Yo los humecté de necesidad, les rellené las grietas con poquita sangre efervescente, de esa que siempre se me evapora cuando no pienso en nadie, más que en ti.

Sí, te vi de lejos y no te pensaba a un lado mio. Te pensaba allá, lejos. En los recuerdos bonitos, en las añoranzas gastadas de tanto contarlas, en mis pláticas amenas, en mis sonrisas y en mis suspiros melancólicos. No te imaginé metida en mí, ni extrañándote tus ojos arco iris. Mucho menos tu boca seductora, tu sonrisa de enredadera.

Pienso en Guadalajara.

Qué desdichado me siento, de ser tan incrédulo y darle la espalda a tu cariño. Aunque apenas le rozaba una caricia tu mano a mi cabello, te desechaba de mi presente. Añorando un futuro incierto, con esa seguridad que tengo de que nada es eterno. Ni el dolor, ni el cariño, ni el amor; mucho menos la muerte.

Pienso en ti.

Debo aceptar que yo notaba que caminabas hacia mí, mientras yo corría hacia ti. Y me le aferraba a tu sorprendente manera de besarme, y de moverme el piso y la cama. Y la habitación entera.

Pienso en Playa del Carmen.

Sé que no tengo que pedirte que vengas conmigo a donde quiera que vaya. Porque ya estás arriba, a un lado mio, siguiendo ese camino que aunque nos esforcemos porque sea propio; ya es nuestro. Tampoco habré de repetirte que te quiero ahí, a la derecha, a la izquierda, o que te quedes atrás y pasarte para el frente, o que estés adelante y cubrirte tu espalda.

Pienso en mí.

Nada nos une, todo nos aleja en fracciones. Aquí te quedas, muy adentro. Y yo siento que me voy contigo en el equipaje. Porque abro la maleta, y ahí estás. Con una camiseta te tapo la cara, abro el neceser y me brota tu perfume.

Te voy a llevar muy lejos, o al menos a la vuelta de mi casa.


Despertar

He despertado, como tantos días, inevitablemente sobre mi resignación. De despertar. Sí, sólo de eso. De seguir, porque no queda más, porque es lo que sigue, y al abrir los ojos y mirar, al respirar, al sentir, percibir; no queda más.

Me he levantado, tiritando, temblando por dentro. Con el ánimo entre mi somnolencia y una indiferencia perdida entre una cama destendida.

Muero de sueño. Y en estas últimas semanas, también, en cada sueño; muero. Por el recuerdo, el subconsciente traicionero.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cielo

La vida
tierno tajo del tiempo,
rasgadura penetrante
con esa garra
de filo sutil.


Una empuñadura
que sujeta irreverente
un amor
y diez tristezas.


El cielo
conducto hacia el origen,
débil vuelo emplumado.


De ser nada
vida mísera
y volver
a ser sólo cielo.


Ese recorrido llano
planicie extensa
agujerada.


Y caer,
y levantarse,
y en un movimiento 
impreciso
volver
a ser sólo cielo.


La vida
dulce sueño empolvado.



domingo, 30 de octubre de 2011

Nostalgia

Una chimenea con la leña esperando por ser prendida. Manchada de carbón y helada de desuso. Se me ocurrió acercarme, tallar un poco con el dedo la mancha ceniza. -Mi corazón es igual-, pensé.


Hace frío. Un piano suena en mi cabeza. Una canción nostálgica se apodera de mí, incipiente. Aún no sé si esta soledad me grita con voz propia. Tengo los ojos a media asta, estoy sentado con un ceño resignado, cansado de esperar y creer en algo que ya no me convence. No es ningún trance, tampoco alguna confusión. Es la certeza de no saber si mi pared manchada volverá a estar limpia, a sentir como cuando estaba nueva y lucía cálida, fuerte, aprehensiva.


Un bajón de luz me hizo voltear. Escucho pasos detrás de la puerta. Parece que vienen hacia adentro, pero cuando están justo detrás de ella; dan vuelta a su derecha y se marchan. Yo espero que algún día se animen a pasar. No sé si sepan que yo estoy esperando pacientemente aquí, emancipado, aunque intente negarlo.


Siento una caricia suave que me reconforta. Y me imagino esa sonrisa que me hipnotiza la mirada. Saboreo los labios carnosos que se hinchan irremediablemente, después de un esfuerzo continuo de consumirlos por completo.


Con los ojos cerrados, y la mente trabajando; se eleva mi dedo y comienza a recorrer la espalda, de arriba a abajo. Lento, suave, se le van uniendo los demás, y mis labios, y siento cómo se eriza esa piel canela.


Su voz es mi semáforo en luz verde para comenzarla a amar.


Estoy congelado por dentro. Y ese piano otra vez, repitiéndome las notas que me recuerdan que sólo estoy yo. Tiempo apresurado, me persigue la idea de acompañarme de una botella de vino y dejarla vacía. Encerrado en este mundo que conozco perfecto; me abre las puertas para que me pierda en él una vez más. Le sonrío mientras parpadeo lentamente, lo acepto.


Ya he vivido esto, me vuelvo a dar cuenta cuando estoy tirado, apunto de desfallecer. Me tranquiliza saber que el nuevo bajón de luz es por culpa de mí cuerpo, que se apaga porque ya no quiere saber más. Y me voy.

jueves, 20 de octubre de 2011

La llama extinta



Sé que el amor es una llama que se apaga lentamente, 


consumiéndose sin remedio, sin poderse encender 


con el mismo fósforo dos veces.


Recuerdo incansable.


   Junto a la llama se extingue tu rostro que alguna vez sonrió.


     Ahora miente en cada pensamiento.


Tres acordes, una melodía y tus lágrimas inagotables,


        mares de agonías incesantes, de abruptos pensamientos.


Lumbre irónica, que aunque esté apagada y extinta;


sigue iluminando un espacio vacío,


lleno de húmedas cenizas, estragos irreparables,


 grietas profundas de nostalgia.


Y esa tinta, rencorosa, que no se enfada de escribir.


De manchar la página de una vida con derrames intermitentes. 



jueves, 13 de octubre de 2011

Besarnos


¿Por qué nos besamos? Si al brillar el sol podríamos disfrutar de su calor, juntos. A la orilla del mar. Sentados y con los pies descalzos. Sin tocarnos. Tú en Puerto Peñasco, yo en Santa María.

¿Por qué añorar un beso? Si aún tengo tus ojos, que me miran y se esconden. Y al cerrarlos, te veo el resto, y me enamoro. Me doy la vuelta, y tengo tu silueta en mi pupila. Te reflejas en un niño que tropieza, se levanta y me voltea ver apresurado. Yo te veo a ti. Levantándote, sacudiéndote el desorden de tus ropas, como has hecho conmigo. Acomodándote el cabello hacia un lado, al de siempre, al de tu vida con mi ausencia.

¿Por qué buscamos, mi vida, nuestras bocas? Si aún siento tus manos en mí. Porque aunque estés en otros brazos, y aunque estés en otras horas, te busco el sabor astringente al que me acostumbré sudando, alterado; trastabillante.

No es que tenga preguntas, o dudas, de buscar unos labios presurosos de cariño. Tengo el camino que dejaste marcado, para que yo, sin tener tiempo de entenderlo; buscara unos labios que me dieran un beso, y luego dos, y después otros cuantos; sin que se fueran.

Y recuerdo un tiempo de galope entre tus labios, con los minutos convertidos en segundos en tu boca, y las horas estrujadas a la eternidad entre tu cuerpo.

¿Por qué he de encontrar mejores besos que los tuyos? Si ya los tuyos me sedaban mis noches. Y el calor penetrante de tu cuello era mi refugio al descansar. Porque, supongo, que los besos son mejores con los años. Y los labios más expertos en las bocas de aquellos que pasaron por la prueba de un amor abandonado.

Porque un beso representa mi pertenencia. Mi seguridad de tenerte encadenada a mi locura. La serenidad de pensarte, acercarme a tu poesía olvidada, regresar a ese instante en el que tus labios y los míos podían ser más que un beso, dos labios juntos, tres espacios unidos.

El suspiro previo.
La mirada fulminante.
El roce de nuestras narices.
Nuestro abrazo apretado.
Las palabras de inspiración.
La valentía de tu cuello.
Tus ojos cerrados.
Nuestras pestañas entrelazadas.
Unos parpados temblando.

Y así; el beso.


Que ya no está.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Tú y yo


Me hacía falta tu recuerdo, tu voz, las palabras de siempre. Esos ojos grandes, profundos, regocijantes de pasión. Tenía una deuda con tus manos, había pensado en saldarla con unas caricias sencillas; sólo por encima. Pero no, al final me arrepentí, al final terminé estrujándolas contra mis labios, terminé por caer ante su tersura... Por amarlas como te amo a ti. 

Creo que no te conocía del todo, y aún así te extrañaba y terminé por extrañarte más. Estás y no estás aquí, eres un escrito clásico, lleno de lo de toda la vida, de melancolía, cariño, llantos entintados, palabras insuficientes, momentos perdidos, música de fondo, de una cama para dos con sólo una persona. 

De pronto le huyo a tu recuerdo, no quiero envenenarme de amor. Le busco hogares a mi pensamiento, que se distraiga dándote la espalda, sé que de cualquier forma en la noche regresarás rondándola sigilosamente. Se acelera el impulso por buscarte, y, apareces ahí. Justo cuando dejé de darle importancia al añoro que mi corazón generaba por tu ausencia, ¿me habrá escuchado el tuyo? 

Borro, reconstruyo lo que viene. Todo sigue a la medida, paso a paso, con firmeza y de acuerdo a lo que siento. A lo que quiero. Deseo abrazarte más allá de esa fotografía que nos mantiene unidos tan tiernamente. Quiero tocar tus labios sin espontaneidad, escuchar la verdad de tu respiración y sentir si tus manos también aman tomar mi cara, o si tus brazos gustan de rodear mi cabeza mientras posan en mis hombros. 

Espero que nos una eso que los dos buscamos, que tú y yo… Sólo eso: tú y yo.



martes, 11 de octubre de 2011

Veneno

Nosotros somos los culpables. Ustedes, los tontos, pueden seguir sonriendo, alegres, de su mundo bohemio, cómico e impúdico. Díganse lo que les plazca, insúltense, ironicen, piérdanle el sentido a su vida. 


Aquí estamos nosotros. Los del bajo mundo, quienes nos encargamos de que regresen todos ustedes a su lugar. A ese camino largo, interminable, incierto, el de subidas y bajadas, de luz clara y oscuridad intermitente, continua y opaca, como el plástico de esos lentes, justamente; usados erróneamente en la oscuridad. Somos el sudor bajo un sol que, se supone; no debería quemar. 


Esa bebida embriagante, aguardiente interminable, alcohol etílico, un shot de nada. La boca reseca, y una resaca espeluznante. Un dolorsito de cabeza, y las náuseas incontrolables. El ácido a punto de salir por su boca, por el lugar incorrecto. Seguimos ahí, ¿se dan cuenta? 


Somos nosotros, los culpables. El veneno que se inyecta en el mismo poro vencido por el metal esterilizado, en la misma vena enferma, acostumbrada a consumir de él.


Y sin embargo, les hacemos ver la luz. Sonreírle a su realidad, creer que todo va bien, por ese camino que consideran correcto, y al que siguen ciegamente y sin cuestionarse una pizca. Logramos elevar su egocentrismo, y su orgullo por esa vida que, según sus creencias, es lo más correcto. Y se quedan ahí, en el más alto de los escalones, hasta el tope de su vida. Para no caer más, quedarse eternamente en la cima. 


De pronto... Cuando menos lo esperan; ¡PUM! Van para abajo de nuevo. A reconstruir el vergonzoso camino que creían haber formado correctamente. 


Sabemos que seguirán esperando ese momento idílico en que sean felices eternamente, sin saber reconocer ese pequeño momentito en el que sus lágrimas salieron solas después de su mayor esfuerzo. De haber sentido la derrota mientras veían pasar su triunfo frente a sus ojos. Y lo anhelarán eternamente y quedarán inconformes el resto de sus días, porque habrá de quedarse ahí, sujeto a su silueta, orillado a no ser relevante, jamás. 


Mientras, nosotros, con una sonrisa enorme, sin sentir placer; habremos de estar disfrutando lograr nuestro objetivo.


lunes, 10 de octubre de 2011

Humo y cenizas

Me estoy incendiando por dentro. Si tengo suerte, he de terminar hecho carbón. Y me desvaneceré por dentro, aunque por fuera todo siga siendo igual. Aunque mis ojos vean y no profundicen más. Y mis manos, transparentes, ya no sujeten el alma suavemente, ni analicen minuciosamente la cara, y cada imperfección, cada rincón de esa delicadeza.

Me he llenado de humo. Una nube grande, pesada, llena de suspiros. Las cenizas, con mis restos, perdidas entre esa nube, van cayendo de a poco. Las siento, ahí abajo colmarme el interior. No surge nada, no aparece un ave fénix para rescatarme, ni renace un nuevo yo de ellas. ¿Estaré apresurándome?

Me, me, yo, yo. Siempre yo y de cómo he de sentirme, y de cómo nacer y resurgir. De cómo abandonarme y dejarme expuesto a la fortuna. A una intemperie que desconozco y que a diario me sorprende. Un día un golpe bajo, otro un ladrillazo en la cabeza. Me pregunto, otra vez, sólo para mí mismo... ¿Y yo? Hablando de mí y de mi poca cordura, de perderme porque sí, porque me dio la gana. Por ser ruin, por humillarme, por un masoquismo mezquino, negligente, insoportable.

Me ven así, con ojos de desprecio y desinterés. Como el blanco y negro de un todo a colores

Aún huelo las cenizas, y no me extraño que me vean así, decolorado. 
¿Frunzo el ceño? No, no hay razón. 

Seguiré mi camino empedrado y sinuoso. ¿Qué tanto puede ser otro golpe que recomponga el paso?



sábado, 8 de octubre de 2011

Esperar


Es un mundo de momentos, un mar de recuerdos, un desierto lleno de secretos. Todo eso es. Debo detenerme, parpadear en cierto ritmo, unir mis dedos, fruncir la boca, ladear mi cabeza, y sobre todo, no decir absolutamente nada.

La idea de un silencio tímido me enloquece, me consume, me alborota la ansiedad cual chiquillo emberrinchado. Es eso, lo de cada vez, es un pequeñito viaje, porque en realidad es un tramo corto. Voy en mi propio tren que humea dentro de mi cabeza y me espesa los pensamientos, y sigo, ando por ahí, me controlo. Esa locura pequeñita que retuerce mis huesos como estropajo; se dispersa. Vuelve a quedar lo mismo, mi silencio engarrotado.

No me queda más que liberar esa tensión que produce mi estado transitorio, cuando la dejo ir se me escapa siempre el mismo suspiro, casi un quejido que sé te podría excitar. Muerdo un pedacito de una oreja que aún no está, ¡qué delicia! Mis ojos se dan vueltas –dicen que sólo se suben, yo no les creo, los míos se desorbitan gravemente. Las ráfagas de imágenes, olores e impulsos me enchinan la piel, y vuelvo a liberar la tensión.

Sé que ha pasado poco tiempo y que he viajado un largo rato. Y es que es un hecho, lo sé, todo esto es un placer, esto es relativo. Me apasiona esperar por verte.