Hace apenas unos días conocí a un italiano en una de las playas de Playa del Carmen. Tenía esa fachada de argentino que hace que los confundimos de vez en cuando. Cuando le pregunté de dónde era, fue justamente lo que me dijo —Nos parecemos mucho—, con el tono resignado. No lo creo así, le voy más a mi poco conocimiento que al argumento del italiano.
Veíamos un grupo de personas que hacían ejercicio en la arena, al lado de una larga barda a media playa, impuesta como sin razón para amurallar un terreno, que, probablemente, tiempo después se convertiría en un beach club o un hotelito pequeño, da igual. Lo vi preguntarle a uno de los que se ejercitaban qué era lo que hacían, y en seguida, por supuesto, yo se lo pregunté al italiano. Me dijo que eran miembros de un gimnasio y que un día a la semana, los jueves, salían a hacer algunas rutinas en la playa. apuntó con un gesto de indiferencia, aunque muy seguro de lo que me decía.
Tenía el cabello largo, recogido en una cola hecha bolita. Tenía la piel bronceada, y una perforación en la oreja izquierda, buen detalle. Me dio buena espina la fachada un tanto hippie del italiano. Hablaba un español claro, aunque era fácil adivinar que no era de aquí. Había vivido en Ibiza por diez años, luego se había mudado a alguno de los tantos países que existen en el caribe, y apenas dos meses atrás terminó en Playa del Carmen. No me explicó por qué, ni se me ocurrió preguntarle. Me confesó felizmente, eso sí, que él hacía muchos años atrás había decidido vivir en lugares turísticos, era lo suyo. Yo le creí, la sonrisa lo delataba. Le pregunté a qué se dedicaba y me dijo trabajar en un hotelito pequeño, donde la paga no era tan buena, pero le permitía sobrevivir. Cuando fue mi turno, le comenté que trabajaba en una de esas cadenas de hoteles grandes, donde tiene uno que ir rasurado todos los días, planchado y con el cabello corto y bien peinado —aunque ya no sé si en estos tiempos que uno ya no usa peine, se pueda eso—, inmediatamente me hizo una cara de desaprobación que yo ya veía venir, me sacó una risa y le dije entenderlo, pero ahí la paga era mejor y me convenía. No, él había decidido trabajar en un lugar donde pudiera ser feliz con su manera de ser, de vivir, de traer el cabello largo, de perforarse, de ser un mujeriego.
Sí, atrás de nosotros había dos muchachas de apenas unos 28 años en topless. El italiano le daba la espalda al mar, y yo sólo entendía que pudiera ser por ellas que se estuviera perdiendo de tan maravillosa vista, —una vista por otra—, pensé. Ni hablar. No tardó mucho en terminar apresurado su breve biografía, donde también me contó tener planeado ir pronto a Cuba, en uno de esos planes donde las familias cubanas radicadas en Estados Unidos, te pagan los pasajes para que les lleves la ropa a sus familiares que aún viven en Cuba. Ya estaba en trámite de sus visas correspondientes. Me aconsejó preguntar por esos planes, ya que fue inevitable decirle emocionado que yo también quería ir a conocer la isla.
Estaba hipnotizado por las argentinas de atrás, me aseguraba que serían de allá. Se ganó mi confianza al hacer un comentario: —Tengo que parar esta vida de putón, no puedo más con ella—. Yo fui el que no pudo decirle más que, si así era él, no perdiera el tiempo y fuera a hablar con ellas. Se rió, cómplice de ese trato que ya había aceptado desde antes de voltearse y verlas tiradas en la arena.
Le di play a mi música, estaba
de Phoenix. Seguí viendo al mar, cuando de pronto el italiano se levantó y dijo: —Voy a preguntarles de dónde son—. Luego los vi platicar a los tres. Una de ellas decidió seguir dormida y la otra se enfrascó, creo yo, en una plática con el italiano, de no sé qué cosas.
, pensé. El mio fue voltear a ver el cielo y darme cuenta que era hora de regresar a mi casa, las nubes se comían el sol que le da vida al color turquesa de los mares del caribe. Yo quiero viajar así, y ser igual de libre al trabajar que es el italiano con su facha hippie, me recordé. Andaré por esta vida con el espíritu aventurero y libre. Es mi tarea en este año que ya se nos comió casi dos meses.